| Don Adolfo, escultor en el Blog de Juan Cruz - El País (2008) |
|
19/10/08 El señor Barnatán, el señor Ayala, el señor Saramago y el señor Bassets Empezó mi jornada de ayer visitando al señor Barnatán, don Adolfo, escultor. Tiene una exposición en la galería de Álvaro Alcázar, en la calle Hermosilla, 58, de Madrid, y allí estuve un rato. No estaba el escultor; había una señora hablando con alguien acerca de la serenidad que le producía la obra, y en efecto Barnatán ha hecho un trabajo magnífico, de una hermosa serenidad. Son esculturas alrededor del símbolo de la espiral, un poco en la línea de Martín Chirino, pero en algún momento me sentí también ante cuadros de Malevitch o de Fontana. En todo caso, son esculturas con las que a uno le gustaría vivir; desprenden una música muy especial, atraen tu mano, como las de Brancusi, como si fuera irremediable que acariciaras esos materiales, como si en los propios materiales las esculturas tuvieran ya el alma. Y después me fui a ver al señor Ayala, donde Francisco. Ya saben que en marzo próximo cumplirá 103 años. Estuvimos hablando un rato, hasta que llegó el señor García Montero, don Luis, con quien el veterano escritor iba a almorzar, a un restaurante alemán que hay cerca de la casa de don Francisco, el Edelweis, que está al lado de las Cortes, donde Ayala fue funcionario en tiempos republicanos. Don Francisco me invitó a un whisky, que tenía allí, sobre la mesilla que servía de ámbito para nuestra conversación. Le dije que no, que yo a esa hora, la una de la tarde, bebería agua; pero él se tomó su whisky. Estuvimos charlando de las imposturas literarias, de los falsos prestigios, de la vida política, y de la edad, por supuesto; él dice que ya es demasiado tiempo el que ha pasado sobre la tierra, le pesa la edad, pero luego se ríe y dice: "¡No es que haya pasado el tiempo, es que ha pasado todo el tiempo!" Y después me fui a encontrar con el señor Saramago, don José. Formamos parte, con Rosa Montero y con Alberto Manguel, del jurado del premio Clarín de novela, y el Nobel portugués vino de Portugal con su mujer, Pilar del Río, para estar en una reunión preparatoria de este importante certamen literario que convoca el diario argentino. No conocía a Manguel; me pareció un hombre cultísimo, sereno, lleno de sentido del humor. En medio de la serenidad inteligente de Saramago y la humildad cultísima de este gran escritor argentino cobraba aún más vitalidad esa frescura imparable de Rosa Montero, que desde la Cronica del desamor de los años setenta hasta ahora no ha dejado de ser la perspicaz novelista que trasladó su manera de ver a la gente, en el periodismo, a la manera de verla por dentro de la literatura. Fue una reunión muy grata, de veras, donde aprendí muchísimo del juicio literario y de la ecuanimidad de la gente. El fallo se conocerá en Buenos Aires el 28 de octubre; hasta entonces seguiremos manteniendo la discreción sobre los presentados y sobre los que estén en la final. Ahí reposan los manuscritos, diez, que he leído en las últimas semanas. Y, finalmente, esta mañana, el señor Bassets, don Lluis, mi compañero en El País desde hace tanto tiempo, me despertó desde la radio, hablando con Montse Domínguez en A vivir que son dos días. Hablaba Lluis, y de aquí viene lo de llamar señor a cada uno de los personajes de hoy, de su libro La oca del señor Bush, que publica en Península. Un libro premonitorio, fruto de la inteligente sabiduría de este periodista profundo y experimentado que escribe aquí un blog a diario y que analiza desde el periódico la actualidad internacional como si tuviera los ojos en el futuro. Él describió antes que nadie las consecuencias que el neoconservadurismo amparado por Bush estaba causando en el mundo, y fruto de ese análisis, y de su trabajo cotidiano es La oca del señor Bush, cuyo subtítulo ya subraya el instante terrible que estamos viviendo: Cómo los neocons han destruido el orden internacional desde la Casa Blanca. Desde el punto de vista económico y político, lo que ha hecho Bush le convierte en el peor presidente de la historia norteamericana, y lo dicen las encuestas, no sólo lo dicen quienes viven de la experiencia reciente. El libro lleva dos fotografías, en la portada y en la contraportada. En la portada, Cheney, Bush, y Rumsfeld. Y en la contraportada, la imagen de otro trío en el que Bush ocupa la plaza central y en la que falta el tercer personaje: aquella en la que Blair sonríe, Bush sonríe y Aznar sonríe en las Azores, antes de que el jefe les llevara a la guerra de Irak. El señor Bush agarra del hombro al señor Aznar; éste no sabía que esa era la foto que le convertiría, también, en el desgraciado comparsa de la destrucción del orden al que ahora se refiere el señor Bassets. En fin, muchos señores para un sábado, pero ahí están. Ya es por la mañana, y Madrid se ha despertado grisáceo, como si se hubiera abierto a sí mismo un paréntesis. Ah, y Rita está por ahí, sin hacer ruido, como si no quisiera despertar a la ciudad grisácea. |